COLUMNA DE OPINIÓN La callecita que no debe perderse .jpg) Podría hablar de estilos, de fusiones extrañas que a unos gusta y a otros escandaliza, eso es algo que si o si también debatiremos como se debe. Pero hay un lugar en el mundo. Un punto exacto. Un nexo invisible pero poderoso que une lo más hondo, lo más apasionado, lo más querido de nuestro sentir chamamecero, correntino, pueblo.
Ese lugar es el Anfiteatro Mario del Tránsito Cocomarola. Un espacio que muchas veces fue querido modificar, cambiar, transformar. Y que, por una razón u otra —o por la fuerza misma de su magia, de su payé— nunca pudo ser arrancado de lo que es. Aun así, pequeñas partes de su cuerpo han ido desapareciendo. En lo físico, la ermita de la Virgen ya no está. Se fue. Rápida. Silenciosa. Y eso duele. Porque el chamamé no es solo música.
El chamamé es canto, danza, rezo, encuentro, enchamigada. Es modo de ser y de estar. No somos sin nuestra música, sin ese abrazo colectivo que nos junta, nos iguala y nos nombra. Y esto no es solo una mirada romántica o nostálgica.
Así lo establece el postulado por el cual el chamamé fue reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO: para ser patrimonio, una expresión cultural debe estar viva en su comunidad, practicada, compartida, transmitida de generación en generación, sostenida en los vínculos humanos y en los espacios donde esos vínculos se dan de manera natural.
El chamamé no vive únicamente en un escenario ni en un programa oficial. Vive en el abrazo, en la charla, en el encuentro espontáneo, en la circulación libre de quienes lo hacen posible.
Una cosa es aceptar —con la tristeza inevitable— que nuestros grandes artistas, como todo ser humano, pasen por este mundo y nos dejen sus obras, su legado, su trayectoria hecha de guitarras y acordeones. Otra muy distinta es borrar la memoria del pueblo. Esa memoria que no debe morir nunca. Y en el corazón de esa memoria hay un punto todavía más central. Un espacio único, insustituible, indispensable. Un lugar que no figura en los programas oficiales, pero vive en el alma de todos.
La callecita. Así la llamamos, con cariño, casi como se nombra a un pariente cercano. Ese espacio físico, a la izquierda del escenario mayor, donde se hacen las tranmisiones, las notas de entrevistas tan esperadas, circulan periodistas, artistas, difusores, amigos. Donde en algún tiempo y con menos restricciones era posible el abrazo interminable. Donde los hijos y los nietos corrían entre instrumentos, llevándose para sus años de infancia y adolescencia recuerdos irrepetibles: sonidos, risas, comidas compartidas, charlas al pasar, lágrimas por los que ya no están.
En la callecita se hizo historia con manos que se tomaban. Con discos que se intercambiaban. Con cassettes, con CDs, alguna vez. Con frases dichas al oído: —“Yo escribí una letra… ¿le querés poner tu música?” Por esa callecita caminaron los más grandes de nuestra música. En esos eneros que ya sabemos cómo son. Con sus pilchas gauchas bordadas, las botas resonando con orgullo. Los bailarines con sus atuendos coloridos, celebrando su juventud y la alegría desbordante de ser parte de algo inmenso. Las presentaciones grupales que hicieron historia sobre las tablas del escenario Osvaldo Sosa Cordero.
Hoy la callecita sigue ahí. Guarda esos pasos. Pero no es lo mismo. Hoy los artistas apenas pueden pasar, y solo el día de su actuación. En la entrada, el discurso es que solo las autoridades pueden circular. Ya no se permite transitar amorosamente esa calle de enchamigadas. Y se extraña. Se extraña mucho. Se extrañan las charlas largas, los encuentros casuales que nunca eran casuales.
Las miradas cómplices. El intercambio de novedades. La sensación de pertenecer, no a un evento, sino a una comunidad viva. (No te pierdas, callecita. ¡No te pierdas!...) Porque todavía andan por ahí —aunque no los veamos—si entrecerramos los ojos todavía podemos verlos, escuchar sus saludos, sus risas, son tantos los que quisiéramos nombrar!.... Andan por ahí porque nunca se fueron del todo.
Porque habitan los lugares donde el pueblo se encuentra de verdad. Cuidar la callecita no es una cuestión de organización. Es una decisión cultural. Es elegir memoria. Es elegir identidad. Porque cuando un patrimonio deja de vivirse en su comunidad, deja de ser patrimonio y se vuelve postal.
Silvia Muñoz Velcheff Presidente de Fundacion Chamamé Editora de las Revistas Chamame (19 años de publicaciones chamameceras que van gratis a escuelas, programas, bibliotecas, niños jóvenes y ancianos, familias, músicos, pueblo que ama lo nuestro)
Miércoles, 21 de enero de 2026
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